La copia nunca apareció en los catálogos, ni en los foros, ni en listas de "mejores". Quienes la vieron la contaron a otros como se cuentan cuentos: con errores, añadidos y silencios. Y quizá, en algún sótano de otra ciudad, alguien más encuentra una lata con aquellas palabras y proyecta, una vez más, un resplandor que no pide memoria para ser brillante.

Cuando las luces volvieron, nadie habló al principio. Luego, uno a uno, los espectadores salieron con gestos distintos; algunos lloraron, otros rieron, pero todos llevaban algo ligero adentro, como si la película hubiera pulido una esquina opaca de su memoria. Lina notó que la etiqueta de la lata había cambiado: ya no decía "best" sino solo "para mirar otra vez".

Al final, la película mostró una ciudad nocturna desde arriba, sus faroles como constelaciones. El narrador susurró: "Una mente sin recuerdos no es un vacío: es un cielo que todavía no decide sus estrellas." La última imagen fue la de una chica —quizá Lina, quizá otra— cerrando una lata de película y sonriendo a cámara como quien guarda un secreto.